Los Castro flojean. ¿Cómo ha podido trascender la noticia de que se ha muerto un disidente en huelga de hambre?
Nuestro amigo el norcoreano Kim Jong-Il estará decepcionado. Mientras bebe sus copazos de Hennesy pensará que sus colegas chochean. Él maneja mucho mejor la información, casi nadie sabe que en la hambruna que sufrieron a comienzos de los 90 (todavía bajo el mandato de su preclaro progenitor Kim Il-Sung) se les murieron súbditos por doquier, más de un millón.
Pero los maestros eran los rusos, eso sí que era oscurantismo y manejo de los medios, ¡qué dignos sucesores de Goebbels! Aún hoy seguimos sin saber el número siquiera aproximado de asesinados en las purgas, ni mucho menos el de deportados a Siberia y muertos en condiciones infrahumanas. Y hablando de hambrunas, tampoco sabemos cuántos ucranianos murieron en el holodomor de 1931-33, se barajan cifras de entre 1,5 y 10 millones, como veis, muy poco concretas. Y los historiadores no se terminan de poner de acuerdo en si fue un genocidio contra los ucranianos (matándolos de hambre) o una política represora contra los campesinos disidentes, más severa en Ucrania y Kazajistán que en otras repúblicas soviéticas. Incluso hay quien niega la existencia de la hambruna o la atribuye a políticas negligentes pero no deliberadas por parte del carismático líder Stalin.
En nuestros días la prensa se escandaliza de que a los Castro se les muera un disidente al que ni siquiera han liquidado de forma activa... vivimos en un mundo descafeinado.
martes 16 de marzo de 2010
sábado 6 de febrero de 2010
Pensiones
Parece que tras años de desoír las recomendaciones de expertos y organismos internacionales, el Gobierno por fin se ha dado cuenta de que hay que reformar el sistema de pensiones. No deja de llamar la atención que se quiera reformar algo que será viable durante los próximos años cuando parece que hay otras reformas económicas más urgentes (la educación, el mercado laboral en un sentido más amplio, el funcionamiento de la administración pública y la rigidez burocrática, etcétera) y que se haga cuando el país está realmente sumido en la mierda y no cuando jugábamos en la champions, pero claro, es una reforma polémica y ni el PP ni el primer ZP tuvieron cojones de hacerlo antes. Para eso hubiera sido necesario un pacto de Estado y los grandes partidos no estaban por la labor de comportarse como gente civilizada, sino que estaban ocupados dando al término “político” un significado cada vez más mefítico e infecto.
Y ahora que se quiere hacer, en vez de buscar un consenso social abriendo un debate, aportando estudios y criterios socioeconómicos racionales, parece que la reforma está decidida y que con alargar la edad de jubilación nos quedamos tan panchos.
Hay por lo menos tres posibilidades de afrontar el sistema de pensiones. La primera, continuar con el sistema actual de reparto, donde los trabajadores pagan a los jubilados. Este sistema tiene la desventaja de que en una población que envejece, para mantener las pensiones tienes o que ampliar la edad de jubilación (lo que pretende el Gobierno) o incrementar las aportaciones obligatorias a la seguridad social (subir impuestos). Si pretendemos seguir ganando bienestar social este no parece el método más adecuado y, por mucho que sea cierto que se ha ampliado la esperanza de vida, también lo es que la edad media de jubilación real se ha retrasado en los últimos años.
El segundo sistema es el de capitalización, en el que cada trabajador recibirá lo que aportó durante su vida laboral, lo que sería parecido a un sistema privado, pero con las limitaciones mínimas y máximas y la protección que la regulación prevea.
Los sistemas clásicos han rondado entre estas dos opciones, con preponderancia del primero pero con una tendencia hacia el segundo, procurando que la pensión recibida sea cada vez más acorde con la aportación que se haya hecho a las arcas del Estado. Esto ya se recogía en los Pactos de Toledo de 1995, quizá el último consenso responsable (fuera de su postura frente al terrorismo) de las fuerzas políticas de nuestro país. Por estos motivos, se alargó el periodo de cómputo de las aportaciones para establecer la cuantía de la pensión.
El Gobierno no ha hablado sobre más medidas en este sentido, aunque quizá tenga a bien improvisarlas más adelante. Desde luego, si se quiere incrementar la equidad del sistema se debería contar con toda la vida laboral para estimar la pensión y no sólo los últimos 15 años como actualmente. Por ejemplo, si has trabajado de los 30 a los 65 (35 años) fantástico, te puedes jubilar con el 100% de lo que te corresponde, pero si has trabajado de los 16 a los 60 (44 años) no te puedes jubilar todavía y, si lo haces al año siguiente, lo harás con un descuento del 6% (del 7% si hubieras trabajado 35 años).
Uno de los motivos por los que se defiende el sistema de reparto es por la solidaridad intergeneracional, considerando que el país es cada vez más rico y permitiendo que los jubilados se beneficien de estas mejores condiciones. Hasta hoy, esto parecía cierto, pero cada vez que veo a los jóvenes que nos siguen (esos de la generación ni-ni, que ni estudian ni trabajan ni putas ganas que tienen), meto pasta en un plan de pensiones privado, porque mucho se van a tener que poner las pilas si queremos que nos paguen una pensión digna.
En cuanto al sistema de capitalización, económica y racionalmente hablando no tiene ninguna pega, pero sí que es menos solidario y no encaja del todo en un sistema de bienestar relativamente igualitario.
Se puede buscar un equilibrio entre estos dos sistemas como en los últimos años, tendiendo a atender más las aportaciones a la seguridad social (SS) durante la vida laboral, pero también se puede buscar una tercera alternativa.
Una tercera alternativa sería establecer un sistema de pensiones universal completamente independiente de las aportaciones a las SS. Se trataría de un sistema de pensiones mínimas para todos los ciudadanos que llegasen a una edad, sin contar con lo que hayan trabajado y que se sufragaría con impuestos y no cotizaciones. Sería un derecho de todos igual que es hoy la sanidad o la educación. Este sistema lo mencionó recientemente el ex ministro Jordi Sevilla, y me ha parecido una propuesta valiente y muy interesante, digna de ser debatida. Para ello harían falta estudios de impacto y coste comparativo frente al sistema actual desde una perspectiva científica.
Pero bueno, como al final serán los políticos los que decidan según sus intereses partidistas probablemente no habrá debate ni nada que se le parezca, así que lo mejor será ir comprando grandes botes de vaselina en el Lidl.
Y ahora que se quiere hacer, en vez de buscar un consenso social abriendo un debate, aportando estudios y criterios socioeconómicos racionales, parece que la reforma está decidida y que con alargar la edad de jubilación nos quedamos tan panchos.
Hay por lo menos tres posibilidades de afrontar el sistema de pensiones. La primera, continuar con el sistema actual de reparto, donde los trabajadores pagan a los jubilados. Este sistema tiene la desventaja de que en una población que envejece, para mantener las pensiones tienes o que ampliar la edad de jubilación (lo que pretende el Gobierno) o incrementar las aportaciones obligatorias a la seguridad social (subir impuestos). Si pretendemos seguir ganando bienestar social este no parece el método más adecuado y, por mucho que sea cierto que se ha ampliado la esperanza de vida, también lo es que la edad media de jubilación real se ha retrasado en los últimos años.
El segundo sistema es el de capitalización, en el que cada trabajador recibirá lo que aportó durante su vida laboral, lo que sería parecido a un sistema privado, pero con las limitaciones mínimas y máximas y la protección que la regulación prevea.
Los sistemas clásicos han rondado entre estas dos opciones, con preponderancia del primero pero con una tendencia hacia el segundo, procurando que la pensión recibida sea cada vez más acorde con la aportación que se haya hecho a las arcas del Estado. Esto ya se recogía en los Pactos de Toledo de 1995, quizá el último consenso responsable (fuera de su postura frente al terrorismo) de las fuerzas políticas de nuestro país. Por estos motivos, se alargó el periodo de cómputo de las aportaciones para establecer la cuantía de la pensión.
El Gobierno no ha hablado sobre más medidas en este sentido, aunque quizá tenga a bien improvisarlas más adelante. Desde luego, si se quiere incrementar la equidad del sistema se debería contar con toda la vida laboral para estimar la pensión y no sólo los últimos 15 años como actualmente. Por ejemplo, si has trabajado de los 30 a los 65 (35 años) fantástico, te puedes jubilar con el 100% de lo que te corresponde, pero si has trabajado de los 16 a los 60 (44 años) no te puedes jubilar todavía y, si lo haces al año siguiente, lo harás con un descuento del 6% (del 7% si hubieras trabajado 35 años).
Uno de los motivos por los que se defiende el sistema de reparto es por la solidaridad intergeneracional, considerando que el país es cada vez más rico y permitiendo que los jubilados se beneficien de estas mejores condiciones. Hasta hoy, esto parecía cierto, pero cada vez que veo a los jóvenes que nos siguen (esos de la generación ni-ni, que ni estudian ni trabajan ni putas ganas que tienen), meto pasta en un plan de pensiones privado, porque mucho se van a tener que poner las pilas si queremos que nos paguen una pensión digna.
En cuanto al sistema de capitalización, económica y racionalmente hablando no tiene ninguna pega, pero sí que es menos solidario y no encaja del todo en un sistema de bienestar relativamente igualitario.
Se puede buscar un equilibrio entre estos dos sistemas como en los últimos años, tendiendo a atender más las aportaciones a la seguridad social (SS) durante la vida laboral, pero también se puede buscar una tercera alternativa.
Una tercera alternativa sería establecer un sistema de pensiones universal completamente independiente de las aportaciones a las SS. Se trataría de un sistema de pensiones mínimas para todos los ciudadanos que llegasen a una edad, sin contar con lo que hayan trabajado y que se sufragaría con impuestos y no cotizaciones. Sería un derecho de todos igual que es hoy la sanidad o la educación. Este sistema lo mencionó recientemente el ex ministro Jordi Sevilla, y me ha parecido una propuesta valiente y muy interesante, digna de ser debatida. Para ello harían falta estudios de impacto y coste comparativo frente al sistema actual desde una perspectiva científica.
Pero bueno, como al final serán los políticos los que decidan según sus intereses partidistas probablemente no habrá debate ni nada que se le parezca, así que lo mejor será ir comprando grandes botes de vaselina en el Lidl.
martes 15 de diciembre de 2009
Cambio climático
Viviendo estos días de frío siberiano no puedo sino añorar el calor del que disfrutábamos en octubre y noviembre, en ese otoño tan templado que nos estaba brindando el cambio climático.
¡Qué mala fama le han puesto a tan agradable fenómeno! ¡Contaminad amigos míos! no os preocupéis por el oso polar, ¿quién echa de menos al dodo o al tiranosaurio rex? Ya surgirá de alguna mutación una nueva especie gracias al cálido clima, puede que incluso sea una especie comestible, quizá un nuevo tipo de marisco de exquisito sabor.
Podremos ir sin incómodos abrigos durante más tiempo, extender el periodo playero, ahorraremos en calefacción. Quizá los alemanes y británicos de penoso vestir que abarrotan nuestras playas se queden en sus países disfrutando y vomitando en sus propios litorales gracias a su nuevo clima, más benigno, y se recuperen así las sucias aguas del querido mare nostrum.
Y quizá el calor provoque más hambrunas en África y puede que también extinga la libido en esos países subdesarrollados como la India, Nigeria o Bangladesh donde no hacen más que fornicar como conejos y traer hijos y más hijos a este mundo superpoblado. ¿Qué mejor remedio para reducir la población del planeta, especialmente en los países pobres, sin tener que recurrir a guerras y exterminios, tan denostados por la tontorrona cuando no hipócrita bonhomía de nuestro tiempo?
Y si les preocupa el vil metal, tengan visión de futuro, abandonen sus negocios y embárquense en nuevos proyectos millonarios, inviertan en cubitos de hielo o inventen los cubatas templados.
¡Viva el cambio climático!
¡Qué mala fama le han puesto a tan agradable fenómeno! ¡Contaminad amigos míos! no os preocupéis por el oso polar, ¿quién echa de menos al dodo o al tiranosaurio rex? Ya surgirá de alguna mutación una nueva especie gracias al cálido clima, puede que incluso sea una especie comestible, quizá un nuevo tipo de marisco de exquisito sabor.
Podremos ir sin incómodos abrigos durante más tiempo, extender el periodo playero, ahorraremos en calefacción. Quizá los alemanes y británicos de penoso vestir que abarrotan nuestras playas se queden en sus países disfrutando y vomitando en sus propios litorales gracias a su nuevo clima, más benigno, y se recuperen así las sucias aguas del querido mare nostrum.
Y quizá el calor provoque más hambrunas en África y puede que también extinga la libido en esos países subdesarrollados como la India, Nigeria o Bangladesh donde no hacen más que fornicar como conejos y traer hijos y más hijos a este mundo superpoblado. ¿Qué mejor remedio para reducir la población del planeta, especialmente en los países pobres, sin tener que recurrir a guerras y exterminios, tan denostados por la tontorrona cuando no hipócrita bonhomía de nuestro tiempo?
Y si les preocupa el vil metal, tengan visión de futuro, abandonen sus negocios y embárquense en nuevos proyectos millonarios, inviertan en cubitos de hielo o inventen los cubatas templados.
¡Viva el cambio climático!
sábado 7 de noviembre de 2009
Bipartidismo político
Una vez fui a un restaurante sobre el que me habían hablado maravillas y resulta que sólo había dos platos para comer: o pollo con patatas o pollo a la chilindrón. Además, en el local seguían un curioso sistema, pues se servía a todo el mundo el mismo plato, el que hubiera sido elegido por la mayoría.
Me hubiera gustado tener más posibilidades, pero el pollo a la chilindrón me gusta y me pedí uno. Tuve suerte de que los demás votaran lo mismo, aunque creo que había gente bastante disconforme.
A partir de entonces me obligaron a ir siempre a ese restaurante y, cada vez que iba, siempre había lo mismo: pollo con patatas y pollo a la chilindrón, y el sistema también era el mismo. La primera vez que comí pollo a la chilindrón no estuvo malo, pero me gusta cambiar y quise probar el pollo con patatas. Sin embargo, volvió a salir elegido el pollo a la chilindrón y tuve que repetir. Lo peor de todo fue que en esta ocasión, resultó ser muy indigesto y pase fatal todo el resto del día.
Al día siguiente prefería pollo con patatas por el mal recuerdo del pollo a la chilindrón, y debió ocurrirles lo mismo a muchos porque eligieron como yo. Pero resulta que cuando nos lo trajeron no era pollo con patatas sino pollo a la cerveza, y para cuando nos dimos cuenta nos dijeron que era tarde para cambiarlo. A mí nunca me ha gustado el pollo a la cerveza aunque quizá en el fondo sea casi igual que el pollo cocinado de otra forma, pero me lo tuve que comer porque no tenía otra opción.
Cuando llegué al restaurante un día después desconfiaba. En la carta de nuevo: pollo con patatas y pollo a la chilindrón. Visto lo ocurrido con el pollo con patatas el día anterior casi todos preferimos probar suerte con el pollo a la chilindrón por ver si era como al principio. Qué decepción la nuestra cuando trajeron los platos. El pollo tenía un aspecto putrefacto y olía mal. Muchos quisimos salir del restaurante, pero nos obligaron a aguantar y a comernos ese pollo insano.
Lo peor de todo es que no hay visos de cambio. La mayoría de los clientes del restaurante se han acostumbrado al pollo con patatas y al pollo a la chilindrón por muy malos que los sirvan, e incluso se han hecho fanáticos de uno de los dos platos por mucho que haya días que resulten incomibles. No lo soporto más, cada vez que como uno de esos platos tengo ganas de vomitar.
Me hubiera gustado tener más posibilidades, pero el pollo a la chilindrón me gusta y me pedí uno. Tuve suerte de que los demás votaran lo mismo, aunque creo que había gente bastante disconforme.
A partir de entonces me obligaron a ir siempre a ese restaurante y, cada vez que iba, siempre había lo mismo: pollo con patatas y pollo a la chilindrón, y el sistema también era el mismo. La primera vez que comí pollo a la chilindrón no estuvo malo, pero me gusta cambiar y quise probar el pollo con patatas. Sin embargo, volvió a salir elegido el pollo a la chilindrón y tuve que repetir. Lo peor de todo fue que en esta ocasión, resultó ser muy indigesto y pase fatal todo el resto del día.
Al día siguiente prefería pollo con patatas por el mal recuerdo del pollo a la chilindrón, y debió ocurrirles lo mismo a muchos porque eligieron como yo. Pero resulta que cuando nos lo trajeron no era pollo con patatas sino pollo a la cerveza, y para cuando nos dimos cuenta nos dijeron que era tarde para cambiarlo. A mí nunca me ha gustado el pollo a la cerveza aunque quizá en el fondo sea casi igual que el pollo cocinado de otra forma, pero me lo tuve que comer porque no tenía otra opción.
Cuando llegué al restaurante un día después desconfiaba. En la carta de nuevo: pollo con patatas y pollo a la chilindrón. Visto lo ocurrido con el pollo con patatas el día anterior casi todos preferimos probar suerte con el pollo a la chilindrón por ver si era como al principio. Qué decepción la nuestra cuando trajeron los platos. El pollo tenía un aspecto putrefacto y olía mal. Muchos quisimos salir del restaurante, pero nos obligaron a aguantar y a comernos ese pollo insano.
Lo peor de todo es que no hay visos de cambio. La mayoría de los clientes del restaurante se han acostumbrado al pollo con patatas y al pollo a la chilindrón por muy malos que los sirvan, e incluso se han hecho fanáticos de uno de los dos platos por mucho que haya días que resulten incomibles. No lo soporto más, cada vez que como uno de esos platos tengo ganas de vomitar.
martes 20 de octubre de 2009
La democracia menos mala mola menos que una melé en la mili o que Malú, Milá y Milú sobre una mula en Malí.
Una de las afirmaciones categóricas que más me revienta las pelotas escuchar es esa de que “la democracia es el sistema de gobierno menos malo”. Quien dice esto o sabe que es una falacia y se beneficia de la credulidad de los conformistas o es uno de estos conformistas que cree que tras siglos de evolución e involución política ya hemos llegado a lo máximo, es como si en el siglo XIX hubieran dicho que no se pudiera inventar nada más allá de la máquina de vapor.
Para empezar, eso de “menos malo” es muy vago. ¿Menos malo para quién o para qué? Desde luego, la democracia fue una putada para los monarcas absolutos decapitados, y tras muchas revoluciones el nivel de vida se deterioró para una buena parte del espectro social que daba la bienvenida al nuevo sistema. Casi siempre hay ganadores y perdedores con estos cambios, la implantación de la democracia no siempre supone una mejora sin paliativos.
Si nos ceñimos a la dicotomía dictadura-democracia que parece que es lo único que ven los que hacen la afirmación que comentaba arriba y que me niego a repetir, ni siquiera en ese caso está claro que la democracia sea mejor. Hay cierto consenso (si hablamos sobre bienestar económico) en afirmar que ha habido países donde la mano dura ha ayudado a la clase baja a salir de la miseria. Se suelen poner como ejemplo los del Sudeste Asiático frente a ciertas democracias de Iberoamérica, cuyos niveles de riqueza se vieron claramente superados en muchos casos por los de aquellos durante la segunda mitad del siglo XX.
Si se alega que aunque haya mayor riqueza económica esto no justifica la represión social y la ausencia de libertades podemos estar de acuerdo. Pero las cosas no son tan sencillas, ¿cuál es la ecuación que queremos? ¿La de Cuba, con menos riqueza y libertad pero universalización de la educación y la sanidad? ¿La de China, con mucho crecimiento económico pero más desigualdad y poca libertad? ¿La de EE.UU., con mucha riqueza pero mucha desigualdad y ausencia de protección social para buena parte de la población? ¿La de Europa, con menos riqueza y más estado de bienestar?
Y, por otra parte, es cierto que tradicionalmente las figuras autoritarias lo han tenido mucho más fácil a la hora de suprimir libertades y perpetuarse en el poder, pero hoy en día hemos evolucionado hacia unos procesos similares donde las figuras presuntamente democráticas tienen estas mismas tentaciones ya sea para defender “el bien común” o el suyo propio, y utilizan para ello los aparatos propagandísticos que tanto se han desarrollado desde Goebbels.
Para quienes dicen esa mierda de que la democracia es el sistema... etc etc, no puedo más que pensar en los innumerables defectos que tiene y que iremos desgranando en este limbo. Sólo avanzaré un problema de base que considero fundamental aún suponiendo que el resto funcionara (y veremos que no es así): ¿por qué cojones tiene que decidir el pueblo quién gobierna? ¿qué sabe el pueblo sobre si alguien está gobernando bien un país o no? Si yo voy por el campo y veo a un pastor ordeñando una oveja tendré mi criterio sobre si lo hace bien o mal, pero lo cierto es que en el fondo no lo tendré nada claro porque no tengo ni puta idea de ordeñar una oveja. Y como yo el 90% (siendo muy generosos) de la población. Y lo mismo ocurriría si estudiamos el plano de un arquitecto, todos opinaríamos sobre si la casa está bien hecha o sobre si se podría caer en tres años, pero la verdad es que yo me iría a vivir a esa casa mucho más tranquilo tras escuchar la opinión de un grupo de arquitectos que de un grupo de biólogos y también estaría mucho más tranquilo si la construyen un equipo de técnicos de obra y albañiles que si lo hace uno de filósofos y dentistas.
Y, de todas formas, cuando hablamos de democracia de qué hablamos? ¿De una democracia presidencialista como la de EE.UU., de una semipresidencialista como la francesa o de una parlamentaria como la de nuestro querido país? Las diferencias son importantes y parece que esta cuestión en España siempre se olvida. Para quienes desconozcan estos conceptos les dejo como deberes que los busquen en wikipedia mientras publico la próxima entrada.
Para empezar, eso de “menos malo” es muy vago. ¿Menos malo para quién o para qué? Desde luego, la democracia fue una putada para los monarcas absolutos decapitados, y tras muchas revoluciones el nivel de vida se deterioró para una buena parte del espectro social que daba la bienvenida al nuevo sistema. Casi siempre hay ganadores y perdedores con estos cambios, la implantación de la democracia no siempre supone una mejora sin paliativos.
Si nos ceñimos a la dicotomía dictadura-democracia que parece que es lo único que ven los que hacen la afirmación que comentaba arriba y que me niego a repetir, ni siquiera en ese caso está claro que la democracia sea mejor. Hay cierto consenso (si hablamos sobre bienestar económico) en afirmar que ha habido países donde la mano dura ha ayudado a la clase baja a salir de la miseria. Se suelen poner como ejemplo los del Sudeste Asiático frente a ciertas democracias de Iberoamérica, cuyos niveles de riqueza se vieron claramente superados en muchos casos por los de aquellos durante la segunda mitad del siglo XX.
Si se alega que aunque haya mayor riqueza económica esto no justifica la represión social y la ausencia de libertades podemos estar de acuerdo. Pero las cosas no son tan sencillas, ¿cuál es la ecuación que queremos? ¿La de Cuba, con menos riqueza y libertad pero universalización de la educación y la sanidad? ¿La de China, con mucho crecimiento económico pero más desigualdad y poca libertad? ¿La de EE.UU., con mucha riqueza pero mucha desigualdad y ausencia de protección social para buena parte de la población? ¿La de Europa, con menos riqueza y más estado de bienestar?
Y, por otra parte, es cierto que tradicionalmente las figuras autoritarias lo han tenido mucho más fácil a la hora de suprimir libertades y perpetuarse en el poder, pero hoy en día hemos evolucionado hacia unos procesos similares donde las figuras presuntamente democráticas tienen estas mismas tentaciones ya sea para defender “el bien común” o el suyo propio, y utilizan para ello los aparatos propagandísticos que tanto se han desarrollado desde Goebbels.
Para quienes dicen esa mierda de que la democracia es el sistema... etc etc, no puedo más que pensar en los innumerables defectos que tiene y que iremos desgranando en este limbo. Sólo avanzaré un problema de base que considero fundamental aún suponiendo que el resto funcionara (y veremos que no es así): ¿por qué cojones tiene que decidir el pueblo quién gobierna? ¿qué sabe el pueblo sobre si alguien está gobernando bien un país o no? Si yo voy por el campo y veo a un pastor ordeñando una oveja tendré mi criterio sobre si lo hace bien o mal, pero lo cierto es que en el fondo no lo tendré nada claro porque no tengo ni puta idea de ordeñar una oveja. Y como yo el 90% (siendo muy generosos) de la población. Y lo mismo ocurriría si estudiamos el plano de un arquitecto, todos opinaríamos sobre si la casa está bien hecha o sobre si se podría caer en tres años, pero la verdad es que yo me iría a vivir a esa casa mucho más tranquilo tras escuchar la opinión de un grupo de arquitectos que de un grupo de biólogos y también estaría mucho más tranquilo si la construyen un equipo de técnicos de obra y albañiles que si lo hace uno de filósofos y dentistas.
Y, de todas formas, cuando hablamos de democracia de qué hablamos? ¿De una democracia presidencialista como la de EE.UU., de una semipresidencialista como la francesa o de una parlamentaria como la de nuestro querido país? Las diferencias son importantes y parece que esta cuestión en España siempre se olvida. Para quienes desconozcan estos conceptos les dejo como deberes que los busquen en wikipedia mientras publico la próxima entrada.
lunes 5 de octubre de 2009
Hijos de malos padres y políticos
Mientras escribo otra excelsa entrada dejo por aquí un par de artículos que escribí para mis amigos los goliardos.
El primero habla sobre la (ir)responsabilidad de traer un hijo al mundo y el segundo sobre los políticos.
Quiero hacer notar que en el segundo recibí un comentario de alguien que firmó como Pepiño Blanco. Sospecho que en el actual estado policial en el que vivimos dentro de los grandes partidos tienen vigilantes de internet que tratan de influir en la opinión pública con acciones como ésta. Al escribir "los gilipollas gobiernan" debió saltarles alguna alarma y alguien encargado de este trabajo sucio (desde luego, no Pepiño Blanco) me escribió una respuesta estereotipada entre las varias que tendrán para este tipo de situaciones. Tanta vigilancia resulta inquietante y dificultará la revolución desde el limbo, pero la justifica más aún.
Espero que hoy lunes hayáis tenido un día lo suficientemente espantoso como para que os entren unas ganas irrefrenables de conjurar contra el sistema.
Radicales del mundo, uníos.
El primero habla sobre la (ir)responsabilidad de traer un hijo al mundo y el segundo sobre los políticos.
Quiero hacer notar que en el segundo recibí un comentario de alguien que firmó como Pepiño Blanco. Sospecho que en el actual estado policial en el que vivimos dentro de los grandes partidos tienen vigilantes de internet que tratan de influir en la opinión pública con acciones como ésta. Al escribir "los gilipollas gobiernan" debió saltarles alguna alarma y alguien encargado de este trabajo sucio (desde luego, no Pepiño Blanco) me escribió una respuesta estereotipada entre las varias que tendrán para este tipo de situaciones. Tanta vigilancia resulta inquietante y dificultará la revolución desde el limbo, pero la justifica más aún.
Espero que hoy lunes hayáis tenido un día lo suficientemente espantoso como para que os entren unas ganas irrefrenables de conjurar contra el sistema.
Radicales del mundo, uníos.
miércoles 30 de septiembre de 2009
Bienvenidos al Limbo Revolucionario
Sobre el nombre de este blog
El nombre de este blog hace referencia a mi concepción sobre los estratos sociales. Según la misma, en este mundo (o en este infierno, según cómo se mire), hay tres clases.
La primera, es la de la élite, formada por los próceres de la política, la economía y los medios de comunicación que dirigen el devenir del mundo, muchas veces desde la sombra y, casi siempre, acumulando obscenas cantidades de dinero.
La segunda es la masa, que vive adocenada, creyéndose dueña de su destino, mordiendo el anzuelo adoctrinador que les ofrece la élite. En esta clase se encuentra la mayoría de la sociedad, están incluidos los burgueses, los cómodos estultos, los ignorantes y extemporáneos movimientos obreros, la mediocre industria cultural, etcétera.
La tercera es la clase de los clarividentes que comprendemos cómo funciona el sistema y cómo se engaña en esta sociedad, pero no tenemos acceso a la élite, en parte por principios. Sin un lugar en el mundo tal como existe y conscientes de su mezquindad, vivimos en un limbo, un limbo que tiene que ser revolucionario si no queremos hundirnos en la complacencia de la masa.
Declaración de intenciones
Mis intenciones no son del todo novedosas, ni pretenden serlo, pues, como Nietzsche, pienso que la historia sigue una evolución circular. La revolución tiene que constar de las siguientes fases:
1. Unir a los clarividentes disconformes que deseen cambiar el régimen de forma activa.
2. Utilizar a la masa para que nos apoye en contra de la élite.
3. Derrocar a la élite e instalarnos en sus cómodos dominios.
4. Establecer un nuevo orden sociopolítico.
Para ello hay que:
1. Atacar el sistema hipócrita y falsario establecido por la élite desvelando sus más oscuras y detestables prácticas.
2. Desarrollar una nueva corriente de ideas que funde un nuevo marco político y social.
3. Elegir entre:
a. Llegar al poder utilizando los medios democráticos actuales.
b. Impulsar una revolución en toda regla con abundante derramamiento de sangre.
Ámbito de aplicación
La revolución tiene que empezar en casa, de forma que iremos desde España hacia el mundo. Seguiremos el ejemplo del Imperio Romano y del Imperio Napoleónico (para algo soy descendiente de Adriano y, no de Bonaparte, pero sí de Murat) y, nuestras ideas primero y luego nuestra dominación, se extenderán por el mundo igual que en los tiempos de la conquista de América propagamos el cristianismo y la viruela, porque cuando consigamos agitar a las aletargadas masas (y las crisis económicas siempre son un buen momento), el germen de la revolución y del cambio se expandirá con la violencia de un incendio incontrolado.
El nombre de este blog hace referencia a mi concepción sobre los estratos sociales. Según la misma, en este mundo (o en este infierno, según cómo se mire), hay tres clases.
La primera, es la de la élite, formada por los próceres de la política, la economía y los medios de comunicación que dirigen el devenir del mundo, muchas veces desde la sombra y, casi siempre, acumulando obscenas cantidades de dinero.
La segunda es la masa, que vive adocenada, creyéndose dueña de su destino, mordiendo el anzuelo adoctrinador que les ofrece la élite. En esta clase se encuentra la mayoría de la sociedad, están incluidos los burgueses, los cómodos estultos, los ignorantes y extemporáneos movimientos obreros, la mediocre industria cultural, etcétera.
La tercera es la clase de los clarividentes que comprendemos cómo funciona el sistema y cómo se engaña en esta sociedad, pero no tenemos acceso a la élite, en parte por principios. Sin un lugar en el mundo tal como existe y conscientes de su mezquindad, vivimos en un limbo, un limbo que tiene que ser revolucionario si no queremos hundirnos en la complacencia de la masa.
Declaración de intenciones
Mis intenciones no son del todo novedosas, ni pretenden serlo, pues, como Nietzsche, pienso que la historia sigue una evolución circular. La revolución tiene que constar de las siguientes fases:
1. Unir a los clarividentes disconformes que deseen cambiar el régimen de forma activa.
2. Utilizar a la masa para que nos apoye en contra de la élite.
3. Derrocar a la élite e instalarnos en sus cómodos dominios.
4. Establecer un nuevo orden sociopolítico.
Para ello hay que:
1. Atacar el sistema hipócrita y falsario establecido por la élite desvelando sus más oscuras y detestables prácticas.
2. Desarrollar una nueva corriente de ideas que funde un nuevo marco político y social.
3. Elegir entre:
a. Llegar al poder utilizando los medios democráticos actuales.
b. Impulsar una revolución en toda regla con abundante derramamiento de sangre.
Ámbito de aplicación
La revolución tiene que empezar en casa, de forma que iremos desde España hacia el mundo. Seguiremos el ejemplo del Imperio Romano y del Imperio Napoleónico (para algo soy descendiente de Adriano y, no de Bonaparte, pero sí de Murat) y, nuestras ideas primero y luego nuestra dominación, se extenderán por el mundo igual que en los tiempos de la conquista de América propagamos el cristianismo y la viruela, porque cuando consigamos agitar a las aletargadas masas (y las crisis económicas siempre son un buen momento), el germen de la revolución y del cambio se expandirá con la violencia de un incendio incontrolado.
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